23 de julio

Una luz pequeña que alcance

Hay noches en que el miedo más grande no es lo que ya pasó, sino lo que todavía no sabemos. Es esa sensación en el pecho de estar parado frente a una puerta cerrada, sin saber qué hay detrás. Si alguna vez sentiste eso —el estómago apretado, las ganas de que alguien simplemente te diga "esto es lo que va a pasar"— quiero que sepas que no eres el único, y que esta historia empieza justo ahí.

Hace mucho, mucho tiempo, había un hombre llamado Abram. Era viejo —muy viejo, de esos años en que ya uno piensa que ciertas cosas simplemente no van a suceder— y no tenía hijos. Y para él eso dolía como un vacío que se sentía todos los días. Una noche, Dios lo sacó de su tienda y le dijo algo curioso: no le mostró un plano, no le explicó los próximos veinte años de su vida. Le dijo: "Mira hacia el cielo y cuenta las estrellas, a ver si puedes. ¡Así de numerosa será tu descendencia!" (Génesis 15:5, NVI). Y Abram, ahí parado bajo la noche, sin ninguna prueba, sin ningún mapa, decidió creer.

¿Te das cuenta? Dios no le dio un itinerario. Le dio una imagen. Un cielo lleno de puntitos de luz que ni siquiera se pueden contar. Y con esa imagen, sin saber los detalles, Abram empezó a caminar.

Muchos siglos después, en 1972, un avión con un equipo de rugby se estrelló en la cordillera de los Andes, entre nieve y montañas altísimas. Los que sobrevivieron quedaron atrapados setenta y dos días, sin saber si alguien los estaba buscando, sin saber si iban a salir con vida. Dos de ellos, Nando Parrado y Roberto Canessa, tomaron una decisión enorme: caminar. Sin mapa, sin saber exactamente qué había del otro lado de la montaña, empezaron a subir, un paso, y después otro, y después otro, durante días, hasta que finalmente encontraron a alguien que pudiera ayudarlos.

Ni Abram vio el final de su historia esa noche bajo las estrellas. Ni Nando y Roberto vieron, al empezar a subir la montaña, el momento exacto en que iban a encontrar ayuda. Los dos dieron el paso antes de tener la certeza. Eso es algo muy distinto a no tener miedo. Es tener miedo y caminar de todos modos, porque hay algo —una imagen, una promesa, una mano invisible— que sostiene por dentro.

La palabra

"Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta." — Salmo 23:4 (NVI)

A veces yo quisiera tener un mapa completo de la vida. Poder decir "esto va a pasar a los diez años, esto a los veinte, y todo va a salir bien". Pero la vida no funciona así, ni para ti ni para mí. Lo que sí puedo ofrecerte es esto: cuando no veas el camino completo, mira hacia arriba. No hace falta contar todas las estrellas. Solo hace falta creer que están ahí, aunque esta noche el cielo esté nublado.

Y hay algo más que quiero que sepas: no se trata de que el valle desaparezca del mapa. Se trata de que no lo caminas solo. El valle sigue ahí. Pero hay compañía dentro de él.

Para pensar hoy: ¿hay algo en tu vida ahora mismo donde no ves "el mapa completo"? Si hoy solo tuvieras que dar un paso, no cien, ¿cuál sería ese paso?

Si esto te tocó, en el libro de esta semana hablamos más de historias como esta —de caminar sin ver todo el trayecto: "La voz suave en medio del ruido" →

Adaptado del capítulo "Las estrellas de Abraham", del Libro semanal #1: Cuando no veo el camino.

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